viernes, 22 de enero de 2010

Pensamientos profundos

Empujá al caballo hasta el agua; no se convertirá en pato.

D. B.

jueves, 21 de enero de 2010

Pensamientos profundos

Patologías


Dedicado a L. B.


El pato es una metáfora de la condición humana, porque ya lo dijo el poeta: “el pato; a cada paso una cagada”.


El hombre que coloca patos por toda su casa es para recordarse a sí mismo en su capacidad de cometer errores, su incompletitud y la tendencia a tropezarse varias veces con la misma piedra.


D. B.

jueves, 30 de julio de 2009

Pensamientos profundos

No se trata sólo de números.

La gente tuvo varias reacciones con el tema de la "Gripe A". Las más de las veces tendió a la paranoia. De cualquier forma, hubo también quienes tomaron consciencia y no sólo trataron de no contagiarse ellos, sino también de evitarle el contagio a los otros. Aquéllos no fueron menos precavidos que los paranoicos; sólo decidieron seguir con sus vidas.

Las muertes por el virus superaron las 100. Se cerraron escuelas, universidades, teatros, boliches, etc.

Cada 10 días, 300 personas mueren en Argentina por desnutrición. ¿Se adelantan las vacaciones de invierno para prevenir nuevos casos de hambre? ¿Se debate si deben o no jugarse los partidos de fútbol profesional? ¿Se indignan los grandes medios de comunicación? ¿Hay algún barbijo para esto?

Casi 700 por mes (más de 20 por día) son las víctimas fatales de accidentes automovilísticos (en su mayoría, personas de 20 a 40 años). ¿Qué autopistas o calles se cierran? ¿Se desalientan las reuniones de gente para evitar los viajes? ¿Cuándo es el pico máximo? ¿Dónde se consigue alcohol en gel para eliminar los gérmenes causantes de este mal?

Y sin embargo, no se trata sólo de números.

D. B.

martes, 14 de julio de 2009

Haga fila desde aquí

Creo que las colas para pagar son el peor invento de toda la historia. Es decir, ¿qué onda? Inventaron el aire acondicionado, el baile del caño, la trampa del off-side… ¿y a quién se le ocurre crear la fila para pagar? O sea, vas a un lugar especialmente a perder tu tiempo, y encima tenés que pagar por eso. En fin…


Si mis pies hablaran, hay tres colas que hice por las que me putearían hasta causarme un trauma acústico:


En el puesto número tres está la cola que hice para entrar al recital de Ronnie James Dio en 2006. ¿Cómo que quién es Dio? Allá en los ochenta se encargó de reemplazar a Ozzy Osbourne en Black Sabbath. Y hablando de los grandes inventos, Dio cambió para siempre el mundo de la música. Gente, ¡este tipo fue el que institucionalizó hacer los cuernitos en las canciones de rock! Un genio contemporáneo, ¡y ustedes no saben quién es!


Bueno, la cosa fue que la entrada al estadio era a las ocho. Con mi hermano siempre fuimos muy previsores… y a veces, demasiado. Empezamos a hacer la fila desde las seis menos cuarto, como los jubilados. Todo el circo ése de los recitales metaleros es hermoso: toda gente vestida con camperas de cuero negro, tachas, pelo largo con mugre de tres días, muchos que llegan en esas motos gigantes y ruidosas… y en el medio de todo eso, mi hermano y yo haciendo cola para entrar. A las dos horas de espera, los ánimos todavía estaban exaltados. En un momento pasó una cámara de TV y todos gritaron y saludaron con los cuernitos, menos mi hermano y yo, que desde afuera parecíamos habernos confundido la fecha del recital de Elton John. Recién a las cuatro horas las puertas se nos abrieron. La euforia rebelde se nos había pasado hacía rato; creo que todo había sido una estrategia para amansarnos. Ya adentro nos tuvimos que bancar dos bandas soporte, una peor que la otra, pero bueno, eso lo dejo para cuando haga un monólogo de ése otro pésimo invento que son las bandas soporte.


Cola número dos fue la que hice este año, para el velatorio de Alfonsín. Sí, gente, un viernes a la noche me clavé casi cinco horas para ver siete segundos al padre de la democracia. La cosa fue así: volvía de cursar y en eso recibo un mensaje: “che, ¿vamos a verlo a Alfonsín? Lo van a estar velando toda la noche”. Y lo peor era que no se trataba de una broma; el amigo que me había escrito hablaba en serio. En el momento, toda la situación me hizo pensar bastante, porque me parece que los homenajes se hacen en vida. Si yo tenía algo para decirle a Alfonsín ya era demasiado tarde; él no me iba a escuchar, sólo guardaría respetuoso silencio. La sola idea de trasnochar haciendo una cola de quince cuadras en una noche fría y rodeado de miles de radicales que se habían materializado de la nada me pareció algo tan absurdo, aburrido y deprimente… que lo tuve que hacer. Es decir, si a mi amigo le decía que no, ¿con quién iba a ir él? En síntesis, suceso histórico o no, yo fui para hacerle el aguante a un amigo fanático del cholulismo político desde la una hasta las seis de la mañana. (PAUSA). Dios, no sabía lo que estaba haciendo.


Y bien, finalmente llegamos al primer puesto: la cola más larga y frustrante de la que tenga memoria fue en 2005. Se trató de un acto de sacrificio personal, de amor profundo, devoción absoluta y tendinitis aguda del pie derecho. Fue la fila que hice para sacar las entradas para el partido de las Eliminatorias para Alemania 2006 entre Argentina y Brasil. Ocho horas de cola… y no conseguí las entradas. Al final estaba física y moralmente aniquilado; ni siquiera llorar podía, era menos que humano. Me acuerdo que el tedio y el dolor de pies fueron tales que comencé a tener alucinaciones. En un cierto punto, pasada la sexta hora, yo creía que era un sauce llorón.


Sé que cuando sea muy viejo y esté demasiado paralizado por la artritis, la artrosis y los reumas como para someterme a un tratamiento local personalizado en avenida Jujuy 633, me voy a arrepentir de haber desperdiciado mi juventud esperando pagar la luz y el gas. Al menos sé que entonces voy a poder ir a la caja prioridad, pero cuando uno… (MIRO EL RELOJ. TOMO UN PAR DE MULETAS). ¡Uh! Che, ¿un Pago Fácil por acá…?


G. M.

domingo, 22 de marzo de 2009

Analogía de estereotipos

Analogía de estereotipos

(me enamoré de una piba chorra)


Menos mal que Dalys también compra su ropa en el Abasto. Una salida por ahí es ideal para conocernos; me parece genial que aprecie una zona con tanta historia, tan relevante para el acaecer nacional. Seguramente sabrá que El Mercado de Abasto proveedor de Buenos Aires fue un mercado proveedor de frutas y verduras ubicado en Avenida Corrientes 3.247 (entre Agüero y T. M. Anchorena), en la capital de la República Argentina, un lugar que tras dejar de funcionar en 1984, el edificio se mantuvo sin uso durante años hasta que fue convertido en un centro comercial en 1999. ¿Sabrá acaso Zeus si ella ignora que para finales del siglo XIX la Ciudad de Buenos Aires tuvo un importante crecimiento debido a las corrientes migratorias que llegaban desde diversos países de Europa, que debido al aumento demográfico y la demolición del Mercado Modelo, ubicado en las cercanías de la Plaza Lorea, los hermanos Devoto solicitaron el 16 de agosto de 1888 la construcción, en sus terrenos adquiridos en 1875 en el barrio de Balvanera, de un mercado de abasto, y que la Intendencia aceptó la propuesta el 29 de noviembre de 1888 y la elevó al Consejo Deliberante para que fuese tratada? ¡Por Nietzsche! No la conozco y creo que ya tenemos tanto en común…


¡Mató, loco! Al guacho ése que me consiguió la Yami pinta que le re cabe el Abasto. Mejor, porque así voy ahora y a la noche estamos a un toque del Fantástico. Y yo me mando sin un “pe”; si se la banca el guachín, que garpe él, loco. Onda que la Yami me dijo que el Tute éste es un pibe piola, bien del palo. El Abasto, joya, jeje. Mejor me voy poniendo el rímel, que no da para hacer aguantar al guacho ése, si todavía no me conoce.


Es la hora, mejor me termino de preparar. Debe estar ya casi por llegar ella; suerte que estoy muy próximo con el tren subterráneo. Combinación con la línea “B” y listo, “voi-là!”. ¿“Jean” azul ultramar con desteñido post-esmerilado brillante y parche original símil-rotura?, listo. ¿Remera rosa de la temporada 2009 del Club de Rugby Stade Français? Lista. ¿Saco de lino…? ¡Me lo olvidaba! Y acá están los anteojos de piloto, las zapatillas de lona esmaltada con estampados de Woody Allen… ¡y el celu! ¡Ufa! Casi me iba sin estar conectado al mundo. Luego tendría que pedirle bien el de ella; la que arregló todo esto fue Yamila. ¡Ni una foto de Dalys me dejó ver!


¡Noooooooo! ¡Alto chivo tiene la remerita del Ciclón! Ya fue, no da para cambiarla; hoy jugamos con esos bosteros y a las otras tres que tengo ‘tan para lavar. Al Maty seguro que le cabe el fútbol; espero que haya un bar con “frescas” y codificado cerca de ahí. Si perdemos este partido me corto las que no tengo. ¿Qué? ¿Ya son menos veinte? ¡Uuuuuuuuuuuuhhhhhhhhhhh! Colgué mal, el guacho se va a re-encular. Me calzo las altas llantas, nuevitas-nuevitas, y salgo a los pe…


OK, no pasa nada. Cuatro minutos tarde no es la muerte de nadie, Matías. ¡Ay, me muero! ¿Quiénes son esos? Ah, sí, esos locos que se juntan por el “shopping” éste… ¿Cómo es posible que tantas tribus urbanas se junten acá? Siempre me olvido. Y todos con esa soberbia de decir “yo me la banco”. ¿Qué significa eso? Habría que ver si es un movimiento que parte de la base económica o es un fenómeno superestructural. Porque de acuerdo con Bourdieu, la cuestión pasaría por la paradoja del lenguaje, es decir, que la resistencia a las imposiciones de las clases dominantes es también en cierta forma sumisión a ellas, porque él explica eso de forma legitimista, con respecto a los dialectos en la Francia de los años setenta, cuando…


¡Eeeeeeeehhhhhh, mala ondaaaaaaaahhhh! El bondi no llega más. ¡Eh, amigo, el acelerador está al lado del freno, amigo! Chofer gato, maneja como mi abuelita la Esther. Pobrecita la Esther, que Dios la tenga en la gloria. Murió por la yuta mientras se afanaba dos plantitas de una casa en Belgrano. Una grossa la Esther… hacía unos ravioles… te dejaban dado vuelta, te dejaban. ¡Altas salsas les ponía! No, bajón, este guacho Matute me va a querer matar.


¡Diez y nueve minutos, treinta y tres segundos! Bueno, a no desesperar; que por suerte tengo siempre conmigo la colección completa de “En busca del tiempo perdido”, Marcel Proust, la edición comentada por Borges e ilustrada por Frank Miller en mayo de 1986, apenas un mes antes del fallecimiento del escritor en Ginebra y un año antes de la publicación de “Batman: año uno”, que hasta la fecha es uno de los mejores trabajos que Miller est… La chica esta me viene mirando… cuidado, que la zona no es linda… aparte la tasa de criminalidad este año…


¡Hhhmmm! Este gato tiene un quincho bárbaro, como la Yami me dijo que tendría el Matis. Si es él, a la guacha ésa la surto.


Se me acerca, definitivamente viene hacia mí. Es una dama, no puedo pegarle… ¡pero corro peligro! ¿Qué haría Linterna Verde en una situación así?


EXT. PUERTA ABASTO – DÍA

DALYS Y MATÍAS VAN A CONOCERSE. MATÍAS ESTÁ NERVIOSO; PIENSA QUE LO VAN A ASALTAR. DALYS ESTÁ MÁS TRANQUILA PERO ALGO DECEPCIONADA POR EL CHICO QUE SU AMIGA LE HABÍA PROMETIDO.


DALYS

Hola loco, ¿todo piol…


MATÍAS

(nervioso, la interrumpe)

¡No tengo nada, no tengo nada!


DALYS

¡Eh, loco, rescatate! ¿No sos el Matías, no sos?


MATÍAS

(reponiéndose del susto, ahora avergonzado)

¿Dalys? ¡Uf! Sorry, pensé que me ibas a…

(la mira unos segundos, reflexiona bien)

Que me ibas a intentar vender algo…


DALYS

Todo liso, loco. Lo único que vendo es “paco”.


MATÍAS SE LA QUEDA MIRANDO UNOS SEGUNDOS. NO SABE CÓMO REACCIONAR.


DALYS

¡Una jodita, amigo! No ando en nada ilegal…


MATÍAS SE RÍE NERVIOSAMENTE.


MATÍAS

¿Entramos?


DALYS

Pintó.


MATÍAS

¿Querés que vayamos a tomar algo antes?


DALYS MIRA LA HORA.


DALYS

¿Te cabe pegar una fresca?


MATÍAS NO REACCIONA; EN LA IGNORANCIA SE QUEDA ESTÁTICO.


DALYS

Una fresca…


MATÍAS

Pero… son las tres de la tarde…


DALYS

¡Uh, vieja! ¿Qué pasa? ¿Te pusiste la gorra?


MATÍAS SIGUE SIN ENTENDER Y SE QUEDA MIRÁNDOLA.


DALYS

Mirá amigo, y media juega el Ciclón contra Boca.

Lo quiero ver, si no te jode.


MATÍAS

¿Molestarme a mí? ¡Para nada!

Mirá, ahí hay un bar que creo que tiene fútbol codificado.


DALYS

¡Joya! ¿Y sale morfar algo?


MATÍAS

¿Estás sin comer?


DALYS

Tengo una lija bárbara.

En casa había patys, pero comí medio y salí.

Si no, no llegaba, ¿viste?

Me quedé re-manija de patys.


MATÍAS

Hmm… los patys no son muy de mi agrado.

No sé… la carne picada a menudo está llena de grasa.

¿Te da igual pedir un par de tostados?


DALYS

¡Manzana!


No le entiendo una goma a este flaco cuando habla; tiene así como “la papa en la boca”. Parece medio cheto… y medio maricón. Pero está re-bueno el guacho, y eso que tiene alta porra. Parece Krusty de “Los Simpsons”.


¡Es una piba chorra! Se vino con esa remera de fútbol y me lleva a ver el partido a un bar… ¿Por qué será, oh, Gilles Deleuze, que tengo el “sí” fácil? Igual, no puedo negar que así y todo tiene un “I-don’t-know-what” muy interesante… es linda, pero en una forma extraña y diferente de las otras lindas… una especie de “lindeza” (“nuevas cosas necesitan nuevas palabras”, decía Baudelaire), una “lindeza” salvaje y acaso vulgar. Y es espontánea, sobre todo eso. Actúa naturalmente, fluye por la vida.


¿Con este calor se pide un cortado? ¡Rescatate, barrilete! Como él quiera; me mando la birra yo sola y fue. ¡Uh! Empieza el partido… ¡Vamos Cuervo, carajo!


Parece que ha dado comienzo el encuentro. ¡Por Pólux, que ya estoy aburrido! Bueno, voy a aprovechar la ocasión para hacer una especie de observación participante. La voy a tomar a ella como sujeto de estudio pertenenciente a las culturas populares. Igual, por más que hablemos, según Lévi-Strauss no me voy a convertir en un salvaje. Además, y como diría Platón,…


¿Qué onda este flaco? No mira el partido… ¡me mira a mí! Epa, ¿será que la Dalys hoy se vino para matar? ¡Eeeeeeeeeeesssssssssaaaaaaaaaa! Bien ahí. Justo cuando pensaba que el pibe no me iba a dar bol… ¡Mierda! Gol de los turros esos.


¿Eh? ¿Qué…? Ah, gol de alguien, seguro. A ver… de Boca. Uh… mala suerte. ¿Me arruinará la salida esto? Tengo que mimetizarme con el entorno… ¡pero me aburro! Vamos Matías, ¡fuerza! ¿Mailnowski se habrá pegado algún embole mientras observaba a los hombres y mujeres de las islas Trobriand?


Mierda. Terminó. Bosteros putos, van a decir que nos tienen de hijos, van a decir. Ya no quiero ir a bailar. Mepa que me vuelvo y fue.


Me dijo que se quiere volver. ¿Cómo puede haberle afectado tanto el resultado de un juego así? En fin… tal vez se pueda salir otro día. Hoy era ideal: viernes, justo no tenía facu, nada para hacer… Y bueh.

Pero el gil este se va a pensar que me cayó para el ojete él. Ahora cuando venga el bondi le rompo la boca y fue. Pagó todo, se re-portó el guacho.


Ahí viene el colectivo. Ya cambiamos teléfonos, pero todo esto me sonó más a protocolo que a otra cosa. No tiene importancia, hay muchos peces en el… ¡Epa…! ¿Y esto de dónde salió? Decir que tiene un aliento terrible a Marlboros, pero bueno, es más de lo que esperaba.


Y listo. A esperar que me mande un mensajito, que yo no le pienso escribir naranja. ‘Tuvo bueno el amiguito de la Yami; lástima el Santo. En una de esas da para volver a salir con él otra vez.


¡Tengo que mandarle un SMS! No, no, momento Matías, momento. Esperá, no seas así. Dejá que pasen uno o dos días y luego sí la contactás. Que sufra un poquito primero. ¡Pobre! Debe estar esperando ya mismo que le conteste. Me da pena. Encima se me lanzó así, de la nada… y bueno, ¡ella reconoce donde hay calidad! Estoy arrasando como topadora. ¡Hmm! Está oscureciendo. El subte a esta hora me da miedo, con todas las cosas que andan pasando… ¿Aquel era el colectivo mío?


FIN.


G. M.

Bodegón con berenjenas

Bodegón con berenjenas (Henri Matisse, 1911-1912).


Con respecto a su dimensión indicativa, el cuadro Bodegón con berenjenas (1911-1912) de Henri Matisse nos presenta el pequeño rincón de una habitación atiborrada de cosas. En el límite superior derecho del cuadro vemos representada una ventana abierta hacia el exterior. A través de ella vemos la campiña, acaso la francesa, rodeada de pequeños y verdes alpes.


Lo que más destaca parece ser la mesa, que luce disminuida si se la compara con los otros muebles plasmados en la obra; empero, no se tiene una verdadera noción de sus dimensiones. Tal vez sus medidas podrían apreciarse mejor si se tienen en cuenta las dos vasijas colocadas sobre ella, así como las dos frutas verdes colocadas encima de un plato blanco (¿quizás manzanas?) y de las tres berenjenas que se aventuran sobre el borde de la superficie.


Detrás de la mesa vemos lo que parece ser una suerte de biombo, atrás del cual divisamos dos elementos que sobresalen por sobre el, probablemente cuadros.


En la extrema izquierda observamos una especie de chimenea. Sobre ella vemos un diminuto ornamento floral. Entre aquélla y la mesita con las berenjenas vemos otro importante elemento que hace a la composición del cuadro: el espejo. Éste amplía el espacio, da testimonio de lo que acontece del lado del pintor al momento de su creación.


En lo que hace a la significación, podemos decir que el cuadro presenta una notable paradoja: la ausencia-presencia de perspectiva. Podríamos pensar que ésta si existe en el cuadro, que está determinada por la diagonal creada por la chimenea y por el espacio que crea el reflejo especular. Sin embargo, Henri Matisse se encarga de anularla absolutamente mediante la reproducción de un elemento igualador, uniformemente esparcido entre el piso y la pared: las flores lilas. Lo que parece ser un simple motivo, acaso un papel tapiz, se prolonga hasta el suelo, y viceversa. En ellas la noción de perspectiva no está presente; se muestran chatas, sin relieve, bidimensionales. Con ellas, el artista ha aplanado una imagen que por la ventana y por el espejo, podría haber creado una sensación de espacio viviente.


Más allá de lo anterior, también podemos decir que pese a mostrarse un espacio tan grande, no hay un protagonista en la pintura. Únicamente vemos la ventana abierta al campo, el espejo que refleja otra parte de la habitación y las berenjenas (que presumimos dan nombre a la obra), abandonadas en el centro.


Al respecto de la manifestación, podemos argüir que el cuadro genera cierto sentimiento de vacío y soledad. El autor crea un gran espacio, el cual es luego desdoblado por la inclusión de la ventana con su paisaje y del espejo con la otra parte de la realidad, la que estaría escondida al espectador. Este espacio amplificado carece, como se dijo antes, de un o una protagonista. Las berenjenas permanecen inmóviles en su centro, pero a su vez aparecen desordenadas, como si alguien las hubiese dejado allí y luego hubiese salido, pero no mucho antes que el autor/espectador llegase para dar testimonio del momento.


Asimismo, la disposición de los objetos puede llegar a resultar engañosa; si bien una posibilidad es la antes mencionada “salida apresurada de la escena por parte del (de la) protagonista”, la composición de la obra sugiere un cierto “desorden planeado”, una suerte de caos simulado, fríamente medido y planeado.


Como resultante de lo antes dicho, podemos afirmar que tal vez el sentido del cuadro sea el de la repentina ausencia, el vacío dejado por un cuerpo vivo que ya no está pero cuya temperatura aún se percibe en el ambiente, ya sea por lo que ha hecho como por lo que ha dejado inconcluso.



G. M.

lunes, 2 de febrero de 2009

El cuaderno y la identidad

Un ensayo más de G. M. sobre la identidad; cómo la vamos haciendo, cómo nos va haciendo a nosotros, qué hacemos con ella, qué hace ella con nosotros, y así. Este texto es anterior a "El mundo como construcción del arte". Si me preguntan a mí, el otro me había gustado más por toda la cosa psicológica. Pero bueno, allá él si quiere compartirlo con el mundo.

D. B.

Naturaleza muerta con espejo esférico (M. C. Escher, 1934).


El cuaderno y la identidad


Tú y yo somos respuestas de ayer

La tierra del pasado se ha vuelto carne

Erosionados por los ríos del tiempo a las formas

que ahora poseemos.


“El sabio”, en Cuadros de una exposición, de Greg Lake.



La pregunta acerca de quiénes somos es vieja como la humanidad misma. La cuestión de la identidad ha sido abordada por un sinnúmero de pensadores a lo largo de toda la historia. En los párrafos que siguen, trataremos de ver este tema de la identidad desde la visión del filósofo Paul Ricoeur. Analizaremos dos historias de vida haciendo uso de algunos de sus argumentos; veremos de qué manera quienes narran sus vivencias lo hacen “escribiéndolas y leyéndolas” (interpretándolas) continuamente. Resulta complicado hablar de algo sobre lo que tanto se ha dicho sin caer en los lugares comunes; difícilmente sea la nuestra una empresa novedosa. Quizás al final podamos rescatar algo que haya hecho valer el viaje.


Disponemos de dos entrevistas: una fue hecha a Alicia, quien pasó su infancia en la ciudad de Viedma; la segunda entrevista es la que se le realizó a Jorge, un hombre de mediana edad que pasó por diversos trabajos a lo largo de su vida. La identidad está presente en los dos relatos biográficos y en la forma en que ambos son contados; creemos que el mismo acto de narrar anécdotas responde a la propia necesidad de crearnos una historia y una identidad.


Al respecto, Ricoeur tiene un interesante punto de vista. Primero que nada, es necesario explicar su concepción de Inteligencia Narrativa, que es la capacidad de armar relatos y entenderlos, surgida del conocimiento de los hechos de la vida y de la continua relación con la cultura en que se está inmerso. Es mediante el uso de la Inteligencia Narrativa que podemos configurar una trama y, así, ordenar las acciones para poder contar nuestra historia personal. Volviendo a lo anterior, podemos acotar que, aunque desconociesen el concepto, cuando los entrevistados respondieron a la consigna “contame tu vida” lo hicieron usando su Inteligencia Narrativa.


Según su Tesis de la Identidad Narrativa, Ricoeur expresa que, efectivamente, nosotros edificamos nuestra identidad narrando las acciones de nuestra vida; aquella es una construcción narrativa. De acuerdo con el filósofo, la persona se configura del resultado de las acciones que han tenido lugar en su vida. Sin embargo, no todas esas acciones que conforman su historia constituyen su identidad; el sujeto, en lo que es un triple momento, piensa, escribe y lee (interpreta) aquellas acciones, y es de ahí de donde puede responder acerca de sí mismo.


Cuando mencionábamos aquel “triple momento” nos referíamos a los conceptos elaborados por Ricoeur (las Mímesis I, II y III), que son etapas pertenecientes a la recepción del texto en las que se relacionan las experiencias del escritor y del lector.


La Mímesis I se refiere a lo que es previo al texto, al ordenamiento de las ideas y acciones y la construcción de una trama. Para ella es necesaria la Inteligencia Narrativa, así como la comprensión de la red de la acción. Esta pre-narración es indispensable, pues son los símbolos y los saberes previos (todos incorporados en relación con la cultura) los que le permiten a un autor escribir un texto y a un lector (o lectora) leerlo. Simplificando un poco la cuestión, la Mímesis II vendría a ser el texto en sí; el relato mismo es la configuración de la trama. La tercer y última etapa es la Mímesis III, que es la interpretación del texto. Sostiene Ricoeur: “El recorrido de la Mímesis alcanza su cumplimiento en el oyente o en el lector”.


Nosotros partimos, pues, de la idea de que la vida puede ser considerada como un libro (o acaso un cuaderno). Esto lo pensamos así en el sentido de que, tal como sucede con las tres etapas de la Mímesis, quienes narran sus historias de vida primero piensan sus relatos, luego los transmiten y después los procesan, les dan alguna clase de significado. Al principio se piensa qué “escribir”, a continuación se lo plasma en el “papel” y más tarde se lo reelabora, se tachan líneas enteras, se las sustituyen por otras, se agregan y quitan párrafos enteros, se corrigen errores, se vuelve a leer, se rescribe, etc.


Sin embargo, creemos que el proceso no es tan esquemático. Al fin y al cabo, estamos hablando de contar experiencias vividas, no de arreglar un carburador (salvo el caso de que la experiencia de vida en cuestión trate, efectivamente, de la reparación de aquélla pieza). A la hora de referir una anécdota, la fase previa a la escritura, la escritura en sí y la interpretación (o lectura) están mezcladas (y no por ello “desordenadas”) en la mente de quien cuenta. Luego de que el narrador ha revuelto entre sus recuerdos y ha encontrado lo que contar, ya los tres momentos se incorporan al unísono a la acción. Al tiempo que aquél piensa cuál sería la mejor manera de exteriorizar su relato, lo re-escribe de tal forma que sea funcional a su intención del momento, interpretándolo y resignificándolo constantemente. Guiada por su intención original, continúa la historia. El relato también se sigue rearmando según le convenga al narrador, quien mientras “escribe” con una mano, “borra” con la otra, “lee” (interpreta) y vuelve a “escribir”, y “lee” una vez más, todo esto siempre pensando cómo contar. De todo el relato, el narrador selecciona los pasajes más notables, que son los que interpretará llenándolos de sentido y que, a fin de cuentas, armarán su identidad.


Pero vayamos ahora a la entrevista de Alicia, en la que empieza contando una historia que le ocurrió al poco tiempo de haber nacido y que, sin darse cuenta, pronostica cómo sería su vida y “delata” su forma de ver el mundo.


Les voy a contar cuando nací, mejor dicho a los veintidós días de haber nacido, me descubrieron un, me operaron de un tumor en un pechito. Entonces, este… me llevaron a la sala de primeros auxilios (…), en Viedma fue; y me atendió Don Satti, que era un enfermero que hacía las veces de, de médico ¿no? Y él me cortó y le dijo a mi mamá que, que eso que me, que le había pasado fue por no haberme puesto María; como yo nací en el mes de María, me tendría que haber puesto María. Y ese Don Satti (…) es el que ahora lo van a canonizar, lo va a canonizar el Papa, porque era, la verdad que era un santo. Y el otro día cuando me, cuando lo escuché en la radio, lo leí en el diario me dio una tremenda emoción saber; porque yo lo conocí, ya después de grande lo conocí. Siempre me hablaba, siempre me decía que le pidiera mucho a María, porque la que me había salvado de ese tumorcito en el pecho, había sido María.


Vemos en el relato cómo aquel comienzo con problemas de su vida es entendido perfectamente desde su actualidad como creyente de la fe católica y, a su vez, ella elige contar esto porque hace a su identidad. Alicia, como todos los que cuentan sus experiencias vividas, arma su presente desde su pasado, eligiendo los episodios que según su criterio la han moldeado. Del mismo modo, seguramente su pasado (ella, su identidad, su vida) sólo tenga sentido si se ve desde su presente. Cuando llega el final de la entrevista, ella reconoce que todas sus historias “(…) rondan por lo mismo: el río, el mar, Viedma…”. Probablemente Alicia no haya sabido en su momento que esos hechos que ahora relata serían tan significativos para su historia personal, pero viéndolos desde su presente, tiene sentido que se hayan desenvuelto de esta manera. En el final vemos lo anterior desde otra perspectiva; estamos formados por recuerdos que procesamos y de los que extraemos sentido, siendo nuestra identidad el producto terminado.


La proyección del final en el principio la tomamos prestada de Ricoeur; Gloria Pampillo nos la ilustra con claridad:


(…) un relato abre la posibilidad de recorrer el tiempo al revés. Al recordar desde la conclusión los primeros acontecimientos (…) pensamos en la capacidad virtual que encierran de llegar a ese final.


Si pasamos a la entrevista hecha a Jorge, pareciera que en ella no se cumple esta cuestión de poder analizar en el final la potencialidad que encerraban ciertos hechos del principio. Sin embargo, si prestamos atención, veremos que lo planteado por Ricoeur termina por cumplirse. Quizás la diferencia con respecto a la entrevista de Alicia sea que Jorge no da a conocer de forma explícita su identidad, sino que más bien la esconde en lo que elige contar y en cómo refiere los hechos. Lo que se obtuvo fue una serie de historias relacionadas con diferentes etapas de su vida, vinculadas mayormente a las diversas tareas por las que pasó el entrevistado, quien comenzó a trabajar desde muy joven. Ya en al principio mismo aparece una “crisis de identidad”:


P: Y entonces, ¿me puede contar cómo es que lo empezaron a llamar “Jorge”?

R: Sí, Eh… tiene que ver con una crisis de identidad de principios de la adolescencia.

Este… en esos tiempos yo no me sentía identificado con mi papá, y sí había una persona que era el esposo de mi maestra que tomé como modelo, y precisamente se llamaba Jorge. De ahí surge esta… digamos la adopción del nombre; yo no quise ser Juan porque no me identificaba con mi papá en ese tiempo, pero sí me gustaba esta persona y yo quería ser como él, de manera que tomé su nombre.


Esta es la única ocasión en que alude explícitamente a la construcción de su identidad. El resto son historias mayormente relativas a su vida laboral y afectiva sin aparente conexión entre sí. No obstante esto, si hay un aspecto de su entrevista que sobresale por sobre el resto es, indudablemente, la intención de Jorge de buscar historias con un contenido un tanto más profundo, y es ahí donde debe ser buscada su identidad y el final en el principio.


Resulta notable cómo Jorge trata de recordar anécdotas concluyan con alguna clase de moraleja. Esto último pareciera importarle mucho, pues de casi todas sus historias se destacan, más que hechos divertidos o curiosos, experiencias con algún valor especial desde el punto de vista humano. El buscar historias suyas con moraleja es una manera más de construir la propia identidad.


Así, vemos que la elaboración de la identidad proviene de la búsqueda de ciertas historias especiales, lo que nos devuelve a Ricoeur. A través de su actitud, Jorge muestra la forma en que confeccionamos nuestro presente desde cierta historia especialmente elegida. Pensada desde esta perspectiva, puede resultar algo incompleta la respuesta dada por el psicólogo francés Thierry Henry a la pregunta acerca de ¿quiénes somos?: “(…) no somos lo que decimos, sino solamente lo que hemos hecho y hacemos ante los demás”. Diremos entonces que somos “lo que hemos hecho y hacemos”, pero también somos lo que decimos de nosotros mismos a los otros. La historia que seleccionamos es parte nuestra y también es nosotros.


Llegado este punto, podríamos recordar la tesis de Ricoeur sobre la Identidad Narrativa, la cual alude a la creación de la identidad por medio de la narración. Ricoeur dice que nosotros, todos, respondemos a la pregunta ¿quién soy? contando las acciones y los acontecimientos pertenecientes a nuestra vida o vinculados a ella. Vimos ya en sus entrevistas cómo Alicia y Jorge han confeccionado (y necesitan confeccionar) su “ser del yo” a través de sus vivencias; ellos precisan contar sus historias para obtener una identidad.


Si recapitulamos, nos encontramos con que narrar nuestra vida resulta ser una necesidad común a los seres humanos, porque es a través de aquella acción que podemos contestar esa molesta pregunta del comienzo y saber quiénes somos, conocer nuestra identidad. Tenemos que contar nuestra historia personal para ser y estar (sí, decimos ser y estar porque en español se puede ser sin estar). Si como dice Ricoeur, un texto no existe si no es leído, tal vez ocurra lo mismo con “el cuaderno de la vida”. Quizás suene como un acorde desafinado, pero podríamos llegar a decir que una vida que no es contada, no existe.


Para terminar, ¿cómo decir quiénes somos si no es a través de nuestro pasado? Podríamos tirar de ese hilo y llegar a otro nudo importante, pues ¿qué sentido tiene que ya al comienzo de nuestras vidas tengamos ya asignado un nombre, un género, una historia familiar, todos aspectos que nos preceden a nosotros mismos, si nuestra existencia entera está todavía por hacerse? Lo cierto es que la vida misma es el camino en que vamos encontrando quiénes somos en verdad, una tarea no buscada pero impuesta por el sólo hecho de respirar.



Bibliografía

Emerson, Keith; Lake, Greg; Palmer, Carl: Pictures at an exhibition, Newcastle, Cotillion/Atlantic Records, 1971.


Henry, Thierry: The idle Arsenal, Londres, Oxford University Press, 1988, página 14.


Pampillo, Gloria; Albajari, Augusto; Di Marzo, Laura C.; Lotito, Liliana; Méndez, Alicia; Sarchione, Ana: Una araña en el zapato, Buenos Aires, Ediciones de la Araucaria, 2004, páginas 126 a 165.

Heiku de las berenjenas

Heiku[1] de las berenjenas


por Melody Grinstein


Berenjenas sueltas,

Olvidadas en una pequeña mesa.

Distraídas

Eggplants;

Grandiosas,

Óptimas y naturales.

Negras.


Centro pictórico, universo

Onírico

Nacido de la creación liberadora.


Biombo ornamentado.

Elementos escondidos de algún

Recuerdo vago,

Encarcelado atrás del

Nimio reflejo de un

Juguetón

Espejo de piso.

No hay perspectiva;

Arriba es igual al

Suelo.




[1] Heiku o Hiakei: breve poema de veinte líneas, típico de la poesía japonesa.