lunes, 2 de febrero de 2009

El cuaderno y la identidad

Un ensayo más de G. M. sobre la identidad; cómo la vamos haciendo, cómo nos va haciendo a nosotros, qué hacemos con ella, qué hace ella con nosotros, y así. Este texto es anterior a "El mundo como construcción del arte". Si me preguntan a mí, el otro me había gustado más por toda la cosa psicológica. Pero bueno, allá él si quiere compartirlo con el mundo.

D. B.

Naturaleza muerta con espejo esférico (M. C. Escher, 1934).


El cuaderno y la identidad


Tú y yo somos respuestas de ayer

La tierra del pasado se ha vuelto carne

Erosionados por los ríos del tiempo a las formas

que ahora poseemos.


“El sabio”, en Cuadros de una exposición, de Greg Lake.



La pregunta acerca de quiénes somos es vieja como la humanidad misma. La cuestión de la identidad ha sido abordada por un sinnúmero de pensadores a lo largo de toda la historia. En los párrafos que siguen, trataremos de ver este tema de la identidad desde la visión del filósofo Paul Ricoeur. Analizaremos dos historias de vida haciendo uso de algunos de sus argumentos; veremos de qué manera quienes narran sus vivencias lo hacen “escribiéndolas y leyéndolas” (interpretándolas) continuamente. Resulta complicado hablar de algo sobre lo que tanto se ha dicho sin caer en los lugares comunes; difícilmente sea la nuestra una empresa novedosa. Quizás al final podamos rescatar algo que haya hecho valer el viaje.


Disponemos de dos entrevistas: una fue hecha a Alicia, quien pasó su infancia en la ciudad de Viedma; la segunda entrevista es la que se le realizó a Jorge, un hombre de mediana edad que pasó por diversos trabajos a lo largo de su vida. La identidad está presente en los dos relatos biográficos y en la forma en que ambos son contados; creemos que el mismo acto de narrar anécdotas responde a la propia necesidad de crearnos una historia y una identidad.


Al respecto, Ricoeur tiene un interesante punto de vista. Primero que nada, es necesario explicar su concepción de Inteligencia Narrativa, que es la capacidad de armar relatos y entenderlos, surgida del conocimiento de los hechos de la vida y de la continua relación con la cultura en que se está inmerso. Es mediante el uso de la Inteligencia Narrativa que podemos configurar una trama y, así, ordenar las acciones para poder contar nuestra historia personal. Volviendo a lo anterior, podemos acotar que, aunque desconociesen el concepto, cuando los entrevistados respondieron a la consigna “contame tu vida” lo hicieron usando su Inteligencia Narrativa.


Según su Tesis de la Identidad Narrativa, Ricoeur expresa que, efectivamente, nosotros edificamos nuestra identidad narrando las acciones de nuestra vida; aquella es una construcción narrativa. De acuerdo con el filósofo, la persona se configura del resultado de las acciones que han tenido lugar en su vida. Sin embargo, no todas esas acciones que conforman su historia constituyen su identidad; el sujeto, en lo que es un triple momento, piensa, escribe y lee (interpreta) aquellas acciones, y es de ahí de donde puede responder acerca de sí mismo.


Cuando mencionábamos aquel “triple momento” nos referíamos a los conceptos elaborados por Ricoeur (las Mímesis I, II y III), que son etapas pertenecientes a la recepción del texto en las que se relacionan las experiencias del escritor y del lector.


La Mímesis I se refiere a lo que es previo al texto, al ordenamiento de las ideas y acciones y la construcción de una trama. Para ella es necesaria la Inteligencia Narrativa, así como la comprensión de la red de la acción. Esta pre-narración es indispensable, pues son los símbolos y los saberes previos (todos incorporados en relación con la cultura) los que le permiten a un autor escribir un texto y a un lector (o lectora) leerlo. Simplificando un poco la cuestión, la Mímesis II vendría a ser el texto en sí; el relato mismo es la configuración de la trama. La tercer y última etapa es la Mímesis III, que es la interpretación del texto. Sostiene Ricoeur: “El recorrido de la Mímesis alcanza su cumplimiento en el oyente o en el lector”.


Nosotros partimos, pues, de la idea de que la vida puede ser considerada como un libro (o acaso un cuaderno). Esto lo pensamos así en el sentido de que, tal como sucede con las tres etapas de la Mímesis, quienes narran sus historias de vida primero piensan sus relatos, luego los transmiten y después los procesan, les dan alguna clase de significado. Al principio se piensa qué “escribir”, a continuación se lo plasma en el “papel” y más tarde se lo reelabora, se tachan líneas enteras, se las sustituyen por otras, se agregan y quitan párrafos enteros, se corrigen errores, se vuelve a leer, se rescribe, etc.


Sin embargo, creemos que el proceso no es tan esquemático. Al fin y al cabo, estamos hablando de contar experiencias vividas, no de arreglar un carburador (salvo el caso de que la experiencia de vida en cuestión trate, efectivamente, de la reparación de aquélla pieza). A la hora de referir una anécdota, la fase previa a la escritura, la escritura en sí y la interpretación (o lectura) están mezcladas (y no por ello “desordenadas”) en la mente de quien cuenta. Luego de que el narrador ha revuelto entre sus recuerdos y ha encontrado lo que contar, ya los tres momentos se incorporan al unísono a la acción. Al tiempo que aquél piensa cuál sería la mejor manera de exteriorizar su relato, lo re-escribe de tal forma que sea funcional a su intención del momento, interpretándolo y resignificándolo constantemente. Guiada por su intención original, continúa la historia. El relato también se sigue rearmando según le convenga al narrador, quien mientras “escribe” con una mano, “borra” con la otra, “lee” (interpreta) y vuelve a “escribir”, y “lee” una vez más, todo esto siempre pensando cómo contar. De todo el relato, el narrador selecciona los pasajes más notables, que son los que interpretará llenándolos de sentido y que, a fin de cuentas, armarán su identidad.


Pero vayamos ahora a la entrevista de Alicia, en la que empieza contando una historia que le ocurrió al poco tiempo de haber nacido y que, sin darse cuenta, pronostica cómo sería su vida y “delata” su forma de ver el mundo.


Les voy a contar cuando nací, mejor dicho a los veintidós días de haber nacido, me descubrieron un, me operaron de un tumor en un pechito. Entonces, este… me llevaron a la sala de primeros auxilios (…), en Viedma fue; y me atendió Don Satti, que era un enfermero que hacía las veces de, de médico ¿no? Y él me cortó y le dijo a mi mamá que, que eso que me, que le había pasado fue por no haberme puesto María; como yo nací en el mes de María, me tendría que haber puesto María. Y ese Don Satti (…) es el que ahora lo van a canonizar, lo va a canonizar el Papa, porque era, la verdad que era un santo. Y el otro día cuando me, cuando lo escuché en la radio, lo leí en el diario me dio una tremenda emoción saber; porque yo lo conocí, ya después de grande lo conocí. Siempre me hablaba, siempre me decía que le pidiera mucho a María, porque la que me había salvado de ese tumorcito en el pecho, había sido María.


Vemos en el relato cómo aquel comienzo con problemas de su vida es entendido perfectamente desde su actualidad como creyente de la fe católica y, a su vez, ella elige contar esto porque hace a su identidad. Alicia, como todos los que cuentan sus experiencias vividas, arma su presente desde su pasado, eligiendo los episodios que según su criterio la han moldeado. Del mismo modo, seguramente su pasado (ella, su identidad, su vida) sólo tenga sentido si se ve desde su presente. Cuando llega el final de la entrevista, ella reconoce que todas sus historias “(…) rondan por lo mismo: el río, el mar, Viedma…”. Probablemente Alicia no haya sabido en su momento que esos hechos que ahora relata serían tan significativos para su historia personal, pero viéndolos desde su presente, tiene sentido que se hayan desenvuelto de esta manera. En el final vemos lo anterior desde otra perspectiva; estamos formados por recuerdos que procesamos y de los que extraemos sentido, siendo nuestra identidad el producto terminado.


La proyección del final en el principio la tomamos prestada de Ricoeur; Gloria Pampillo nos la ilustra con claridad:


(…) un relato abre la posibilidad de recorrer el tiempo al revés. Al recordar desde la conclusión los primeros acontecimientos (…) pensamos en la capacidad virtual que encierran de llegar a ese final.


Si pasamos a la entrevista hecha a Jorge, pareciera que en ella no se cumple esta cuestión de poder analizar en el final la potencialidad que encerraban ciertos hechos del principio. Sin embargo, si prestamos atención, veremos que lo planteado por Ricoeur termina por cumplirse. Quizás la diferencia con respecto a la entrevista de Alicia sea que Jorge no da a conocer de forma explícita su identidad, sino que más bien la esconde en lo que elige contar y en cómo refiere los hechos. Lo que se obtuvo fue una serie de historias relacionadas con diferentes etapas de su vida, vinculadas mayormente a las diversas tareas por las que pasó el entrevistado, quien comenzó a trabajar desde muy joven. Ya en al principio mismo aparece una “crisis de identidad”:


P: Y entonces, ¿me puede contar cómo es que lo empezaron a llamar “Jorge”?

R: Sí, Eh… tiene que ver con una crisis de identidad de principios de la adolescencia.

Este… en esos tiempos yo no me sentía identificado con mi papá, y sí había una persona que era el esposo de mi maestra que tomé como modelo, y precisamente se llamaba Jorge. De ahí surge esta… digamos la adopción del nombre; yo no quise ser Juan porque no me identificaba con mi papá en ese tiempo, pero sí me gustaba esta persona y yo quería ser como él, de manera que tomé su nombre.


Esta es la única ocasión en que alude explícitamente a la construcción de su identidad. El resto son historias mayormente relativas a su vida laboral y afectiva sin aparente conexión entre sí. No obstante esto, si hay un aspecto de su entrevista que sobresale por sobre el resto es, indudablemente, la intención de Jorge de buscar historias con un contenido un tanto más profundo, y es ahí donde debe ser buscada su identidad y el final en el principio.


Resulta notable cómo Jorge trata de recordar anécdotas concluyan con alguna clase de moraleja. Esto último pareciera importarle mucho, pues de casi todas sus historias se destacan, más que hechos divertidos o curiosos, experiencias con algún valor especial desde el punto de vista humano. El buscar historias suyas con moraleja es una manera más de construir la propia identidad.


Así, vemos que la elaboración de la identidad proviene de la búsqueda de ciertas historias especiales, lo que nos devuelve a Ricoeur. A través de su actitud, Jorge muestra la forma en que confeccionamos nuestro presente desde cierta historia especialmente elegida. Pensada desde esta perspectiva, puede resultar algo incompleta la respuesta dada por el psicólogo francés Thierry Henry a la pregunta acerca de ¿quiénes somos?: “(…) no somos lo que decimos, sino solamente lo que hemos hecho y hacemos ante los demás”. Diremos entonces que somos “lo que hemos hecho y hacemos”, pero también somos lo que decimos de nosotros mismos a los otros. La historia que seleccionamos es parte nuestra y también es nosotros.


Llegado este punto, podríamos recordar la tesis de Ricoeur sobre la Identidad Narrativa, la cual alude a la creación de la identidad por medio de la narración. Ricoeur dice que nosotros, todos, respondemos a la pregunta ¿quién soy? contando las acciones y los acontecimientos pertenecientes a nuestra vida o vinculados a ella. Vimos ya en sus entrevistas cómo Alicia y Jorge han confeccionado (y necesitan confeccionar) su “ser del yo” a través de sus vivencias; ellos precisan contar sus historias para obtener una identidad.


Si recapitulamos, nos encontramos con que narrar nuestra vida resulta ser una necesidad común a los seres humanos, porque es a través de aquella acción que podemos contestar esa molesta pregunta del comienzo y saber quiénes somos, conocer nuestra identidad. Tenemos que contar nuestra historia personal para ser y estar (sí, decimos ser y estar porque en español se puede ser sin estar). Si como dice Ricoeur, un texto no existe si no es leído, tal vez ocurra lo mismo con “el cuaderno de la vida”. Quizás suene como un acorde desafinado, pero podríamos llegar a decir que una vida que no es contada, no existe.


Para terminar, ¿cómo decir quiénes somos si no es a través de nuestro pasado? Podríamos tirar de ese hilo y llegar a otro nudo importante, pues ¿qué sentido tiene que ya al comienzo de nuestras vidas tengamos ya asignado un nombre, un género, una historia familiar, todos aspectos que nos preceden a nosotros mismos, si nuestra existencia entera está todavía por hacerse? Lo cierto es que la vida misma es el camino en que vamos encontrando quiénes somos en verdad, una tarea no buscada pero impuesta por el sólo hecho de respirar.



Bibliografía

Emerson, Keith; Lake, Greg; Palmer, Carl: Pictures at an exhibition, Newcastle, Cotillion/Atlantic Records, 1971.


Henry, Thierry: The idle Arsenal, Londres, Oxford University Press, 1988, página 14.


Pampillo, Gloria; Albajari, Augusto; Di Marzo, Laura C.; Lotito, Liliana; Méndez, Alicia; Sarchione, Ana: Una araña en el zapato, Buenos Aires, Ediciones de la Araucaria, 2004, páginas 126 a 165.

Heiku de las berenjenas

Heiku[1] de las berenjenas


por Melody Grinstein


Berenjenas sueltas,

Olvidadas en una pequeña mesa.

Distraídas

Eggplants;

Grandiosas,

Óptimas y naturales.

Negras.


Centro pictórico, universo

Onírico

Nacido de la creación liberadora.


Biombo ornamentado.

Elementos escondidos de algún

Recuerdo vago,

Encarcelado atrás del

Nimio reflejo de un

Juguetón

Espejo de piso.

No hay perspectiva;

Arriba es igual al

Suelo.




[1] Heiku o Hiakei: breve poema de veinte líneas, típico de la poesía japonesa.

miércoles, 28 de enero de 2009

Radioteatro premiado

El concurso de radioteatros de Radio Caos ha otorgado el primer lugar a El Vampirito de Flores (2008). Para escuchar la pieza completa, visite http://radiocaosblog.blogspot.com/2008/12/comunicado-catico.html

Guión: Maximiliano Papa Maidana y Guido Malzzini.
Voces: Hombre: Rocco Livieri.
Chica: Georgina Gallardo.
Locutor: Jorge Gabriel Riveros López.
Grabaciones: Ezequiel Fernández Molina, Guido Malzzini y Jorge Gabriel Riveros López.
Edición: Ezequiel Fernández Molina y María Cecilia Aguilar.
Coordinación: María Cecilia Aguilar.

El carácter lúdico del western

Por un puñado de dólares (Sergio Leone, 1964).


El duelo de armas de fuego es un momento típico del género western. Cuando llega, el mundo entero se detiene; el tiempo mismo pareciera interrumpir su flujo. El universo está atento a su resolución, la cual se demora hasta que los nervios del espectador se encuentran a punto de estallar; la explosión que sigue termina con el pleito de los duelistas tan rápida y estrepitosamente como el impacto de un rayo.


Sin embargo, hay algo más detrás de los duelos dentro de los films del western, y eso es su semejanza con los juegos infantiles. Para empezar, el tema mismo de los códigos de honor puede tomarse como algo lúdico; son normas que determinan la conducta que han de llevar los personajes, leyes no escritas que se dan por sentadas, tal como ocurre en muchos juegos infantiles. Si analizamos la cuestión desde el “juego previo” al duelo, vemos ahí toda una serie de provocaciones, amenazas latentes (así como también explícitas) que nos remiten a los desafíos que se suelen hacer los chicos entre sí; asimismo, puede remitir a las ofensas que se hacen entre hombres para demostrar su virilidad, lo cual nos devuelve al mismo punto, pues muchos de esos retos suenan como caprichos de “adultos aniñados”. En Por unos dólares más (Per qualche dollaro in più, 1965) vemos claramente varias situaciones de incitación a la violencia, de exaltación del macho: en la escena del saloon entre el personaje interpretado por Lee van Cleef y el bandido jorobado, el primero insulta al segundo encendiendo su fósforo en la espalda de éste. De la misma forma, el primer encuentro entre los dos mercenarios, el mismo van Cleef y Clint Eastwood mantiene a la vez una tensión importante, pero al mismo tiempo suscita la sorpresa e incluso la risa del espectador, y ello debido a la naturaleza inocente de las provocaciones entre ambos personajes: “juegan” a pisarle el pie más fuerte que el otro y prueban sus habilidades y destrezas con su pistola sin herirse. En esta escena en particular, el carácter infantil estaría resaltado incluso desde adentro de la película, donde unos niños escondidos, secretos espectadores del duelo-juego, se sorprenden de ver a adultos serios comportarse como ellos.


De la misma forma, si nos abocamos más específicamente a lo referido al spaghetti western, el duelo podría describirse como un juego y a la vez como un fetiche. Esto se debe a que, en ocasiones, directores han buscado elementos que introduzcan cierta novedad y agreguen un plus de tensión al desenvolvimiento de los enfrentamientos. A los dos individuos enfrentados se suele añadir un tercer factor que implica para ambos una especie de “regla del juego” que les es impuesta (o que al menos uno de los contendientes impone al otro) y que ambos respetan; esta “ley” es respetada hasta el final literalmente hablando, ya que lo que sigue al duelo es la muerte de uno de los jugadores-duelistas. Es así que podemos ver en El Mercenario (Il Mercenario), en Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari) y en Por unos dólares más cómo es que el tercer factor resulta fundamental, tanto en el crecimiento del nerviosismo (tanto de los personajes como del público) como en cuanto a originalidad del enfrentamiento. Por ejemplo, en Por unos dólares más el antagonista posee un reloj musical; su desafío al contrincante se basa en batirse al finalizar la melodía. Otro ejemplo es duelo final de El Mercenario, donde un tercer personaje encarna esa ley externa y marca el rumbo del juego; al hacerlo, impone imparcialidad a una situación que, de otra forma, pondría en desigualdad de condiciones a los personajes en conflicto. Su acción, consiste hacer sonar una campana cierto número de veces; la última marca el permiso para disparar. Finalmente, en Por un puñado de dólares, es el protagonista quien se encuentra en una posición de superioridad. Pese a tener todo a su favor, y casi como un fetiche, le propone al antagonista un juego (mortal), según el cual definirán si su pistola o el rifle de su oponente es el arma superior… lo cual inevitablemente determinará la supervivencia de uno de los dos duelistas.


Tal como el juego, el duelo tiene su tiempo propio; como muchos deportes, espectáculos y entretenimientos empieza a la hora señalada. Durante el desarrollo del enfrentamiento, nada más importa. De la misma forma, el duelo del western tiene su “campo de juego/escenario”, habitualmente ubicado en la calle principal del pueblo. El universo mismo hace de espectador.


Por otra parte, en los westerns convencionales también está presente el elemento lúdico, tanto a la hora del duelo como en los otros enfrentamientos armados. Podemos tomar los casos de La diligencia y de Más corazón que odio (The searchers, también traducida incomprensiblemente como Centauros del desierto), ambos largometrajes de John Ford. En ellos, las batallas contra los nativos americanos son representadas a la manera del verosímil de la época, el cual podría resultar in-verosímil a los ojos de los espectadores modernos, acostumbrados a una nueva clase de realismo (y no por ello más real). Los combates en estos films podrían parecernos inocentes por su semejanza con los juegos indios y vaqueros de los chicos: los contendientes prácticamente no se cubren del fuego enemigo y sonríen fugazmente, disfrutando de la sonora balacera.


Si bien el desenlace del duelo es casi siempre el esperado por el espectador, esto no disminuye el nerviosismo derivado de la supuesta incertidumbre de la lucha; en tanto juego, la resolución del duelo es casi siempre inesperada e impredecible. La victoria, como suele decirse en fútbol, “está para cualquiera”.


G. M.

Pensamientos profundos

La comida chatarra no sólo llena mi estómago, sino también mi corazón.

D. B.

Edgar Allan Poe: "Annabel Lee"

Hace unos meses tuve un encuentro casual muy ameno. Era de madrugada y esperaba al colectivo. De repente alguien me preguntó si todavía seguía el paro nocturno del transporte. Ahí nomás nos pusimos a conversar. Fue una vuelta a casa extraña, inusualmente agradable por la compañía inesperada. Ahora se lo quiero agradecer con este poema de Poe.

G. M.
Annabel Lee

Fue hace muchos y muchos años,
en un reino junto al mar,
habitó una señorita a quien puedes conocer
por el nombre de Annabel Lee;
y esta señorita no vivía con otro pensamiento
que amar y ser amada por mí.

Yo era un niño y ella era una niña
en este reino junto al mar
pero nos amábamos con un amor que era más que amor
—yo y mi Annabel Lee—
con un amor que los ángeles súblimes del Paraíso
nos envidiaban a ella y a mí.

Y esa fue la razón que, hace muchos años,
en este reino junto al mar,
un viento partió de una oscura nube aquella noche
helando a mi Annabel Lee;
así que su noble parentela vinieron
y me la arrebataron,
para silenciarla en una tumba
en este reino junto al mar.

Lo ángeles, que no eran siquiera medio felices en el Paraíso,
nos cogieron envidia a ella y a mí:—
Sí!, esa fue la razón (como todos los hombres saben)
en este reino junto al mar)
que el viento salió de una nube, helando
y matando mi Annabel Lee.

Pero nuestro amor era más fuerte que el amor
de aquellos que eran mayores que nosotros—
de muchos más sabios que nosotros—
y ni los ángeles in el Paraíso encima
ni los demonios debajo del mar
separarán jamás mi alma del alma
de la hermosa Annabel Lee:—

Porque la luna no luce sin traérme sueños
de la hermosa Annabel Lee;
ni brilla una estrella sin que vea los ojos brillantes
de la hermosa Annabel Lee;
y así paso la noche acostado al lado
de mi querida, mi querida, mi vida, mi novia,
en su sepulcro junto al mar—
en su tumba a orillas del mar.

Pensamientos profundos

Dicen que "un clavo saca otro clavo"; lástima que uno no tenga una fábrica de clavos.

D. B.

"El pequeño asesino"

Luego de un largo interludio, Cuadros de una Exposición -el recoveco sideral donde el arte vive al día y sobrevive con lo justo- vuelve al ruedo haciendo dedo.

En este tiempo, a Demetrio y a quien suscribe las obligaciones extra-bloggarias nos absorbieron por completo. Cada quien ha seguido adelante con sus propios proyectos, como un exitoso grupo musical que se da cuenta que su creación ya no da para más y se toma un tiempo para evaluar una posible ruptura o volver a los escenarios a robar con los grandes éxitos, siempre con el afán de robar más dinero haciendo cada vez menos.

Tal como sabemos los que estamos metidos en el exclusivo mundo de la cultura, el arte no se toma vacaciones. Jamás lo hace. El artista, en cambio, es edulcorante de otro sobrecito. Es así que a mi vuelta de mi retiro espiritual en el Norte de Argentina lo primero que hice luego de bajar del micro fue pedir prestado un celular para contactar a mi co-equiper. "Tnmos ke bolber al vlog", le manifesté, a lo que él respondió "KO", en un loable intento por decir "OK".

"El pequeño asesino" (2004, 46x32 cm; témpera s/papel) es un doble homenaje. Por un lado hace referencia directa a la tapa del disco Born again (1983) del grupo de rock Black Sabbath. Por el otro, es un secreto guiño cómplice al relato homónimo, perteneciente a El País de Octubre (1955), una recopilación de narraciones breves de Ray Bradbury que da cuenta de su producción literaria durante su juventud.

En la obra de Bergamasco, "El pequeño asesino" puede interpretarse como ése lado infantil, inocente e inofensivo que nos constituye como personas desde nuestra más temprana edad. Como reza aquel viejo lugar común (el guionista Alberto Alonso diría "los lugares comunes por algo son comunes"), esta pintura podría llegar a representar al adorable niño que todos llevamos dentro. O algo por el estilo.

G. M.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

Dulce, ácida y verde… venganza

Dulce, ácida y verde... venganza

por Alicia Martin y Guido Malzzini


Después de la muerte de la familia Meleverdi, sus compañeros y amigos de la cooperativa resolvieron vengarse. Para cumplir con este objetivo, armaron un plan macabro… muy macabro.


Para comenzar, planearon conseguir un camión que pudiera contener gran cantidad de cajones. Alguien, casualmente, tenía un hermano que trabajaba en un museo de Ciencias Naturales. Y así surgió la idea: la idea de conseguir el elemento mortal, muy letal…


Armado el plan y obtenidos los elementos, la venganza se puso en marcha. Los cajones con varias manijas de metal llevaron en su interior las famosas manzanas verdes Meleverdi… y bien en el centro, un cajón similar lleno… de hambrientos visitantes. El objetivo era eliminar al cabecilla de la mafia manzanera ríonegrina. Sin embargo, el cargamento simula ser un tributo y señal de aceptación de la autoridad de los bonaerenses para con los sureños.


En su llegada al destino, el camión fue recibido con cierta sorna. El chofer que lo había conducido dijo sentir un malestar y desapareció con rapidez. Las puertas del camión fueron abiertas y los cajones comenzaron a ser descargados; todos estaban bien sellados, menos uno… que luego pareció cobrar vida. Sin percibirlo, los hombres se mantuvieron juntos para hacer el trabajo más rápido. De repente, manos que faltan… manijas de metal que sobran… y escarabajos… muchos escarabajos… saciando su voraz e interminable apetito.

Más democracia, menos calorías

Finalmente, el pueblo ha hablado. Pese a que el señor Bergamasco había vuelto de su viaje hace más de dos semanas, ha estado evitando darse una vuelta por este blog tan popular (cuya autoría comparte conmigo). ¿Por qué esta conducta evasiva? La voz de la gente ha proclamado la irrevocable vuelta a "Cuadros de una Exposición" de quien suscribe; así lo muestra la encuesta: un apabullante 69% de los votantes ha dicho que "Sí" a mi triunfal regreso, mientras que un escaso pero respetable 31% ha opinado que "No, es decir, sí". Gracias parciales a todos los paseantes que han hecho legítima mi presencia aquí; espero poder retribuirles su atención pronto.

G. M.


P.S: Señor Bergamasco, todavía espero las disculpas que se me deben desde aquel lejano "Homenaje a Mondrian".

lunes, 25 de agosto de 2008

Manzanitas, Inc.

Manzanitas, Inc.

Finalmente, la biogenética invadió la pequeña huerta del fondo de la casa de los Meleverdi. Con tres hijos investigadores del CONICET, nadie se sorprendió de ello. Lo que había empezado como un hobby devino en una empresa familiar. Pronto gente de otros barrios comenzó a acudir a la verdulería de la familia para hacerse de las manzanas verdes gigantes que ellos cosechaban todas las semanas.

De a poco las cosas fueron tomando otra dimensión y los frutos crecieron tanto como el negocio. Repentinamente, los Meleverdi se encontraron con que les sobraban manijas al querer levantar los pesados cajones. No pasó mucho tiempo hasta que el padre de familia se dio cuenta de que no sobraban manijas, sino que faltaban manos para asirlas. Ahí nomás la firma familiar contrató a trabajadores desempleados de la zona, pero incluso eso fue algo temporal: con el transcurso de las de semanas, aquéllos fueron reemplazados por empleados robot. Entonces la firma estuvo ya lista para dar el salto al plano internacional: las manzanas gigantes hicieron su arribo triunfal a China.

Las cosas marcharon bien hasta que surgieron algunos roces con la mafia manzanera rionegrina, la cual se mostraba algo renuente a aceptar la situación de competencia perfecta de los mercados. En un corto lapso, una misteriosa seguidilla de asesinatos y de accidentes resultó en la aniquilación total de los Meleverdi. Ello significó un ligero pequeño traspié en la producción de la compañía, pero los trabajadores anteriormente despedidos se hicieron cargo del comercio y comenzaron a autogestionarse. El otrora negocio familiar fue convertido en una cooperativa de viviendas con centro cultural y pileta climatizada.

G. M.

lunes, 4 de agosto de 2008

El mundo como construcción del arte

Lo que sigue es un artículo en el que se trata de vincular al arte plástico con diferentes corrientes psicológicas. Entre ellas se encuentran las posturas de Lacan, Freud y Constructivistas como Bateson y Francisco Varela.

G. M.

Manos que dibujan (M. C. Escher, 1948).


El mundo como construcción del arte

Si pudiera decirlo, no tendría que bailarlo

– Isadora Duncan.

El arte es algo curioso. Se ha dicho muchas veces que es el espectador en el acto de contemplar la obra el que la completa. Tal vez eso signifique que la identidad de una pintura o de una escultura siempre es incompleta, al menos hasta que alguien la examine. Algo así también ocurre con la forma en que nosotros mismos nos constituimos como sujetos. Al comienzo de nuestra vida, por ejemplo, como niños no significamos nada sino algo para alguien. Indudablemente, en los desarrollos teóricos de Jacques Lacan se explica que la construcción de la propia subjetividad se da por medio del Otro, o más precisamente por medio de la mirada del otro. De esta forma, podría decirse que el sujeto se halla ligado a otro distinto de sí.

Sin embargo, y a diferencia de la producción artística, encontramos otros elementos que, al igual que la mirada del otro, son funcionales a la constitución de la subjetividad. Podemos nombrar al lenguaje, sobre el cual tienen su correlato que todas las cuestiones psicoanalíticas, sostiene Lacan: “Como el sujeto adviene gracias al lenguaje, podemos decir que su advenimiento se produce en el acto mismo de la articulación significante, es decir en la enunciación”[1]. Empero, a lo anterior Lacan mismo agrega que nuestra relación con el mundo y con el otro está mediatizada por el lenguaje, fuera del cual no parecería haber nada: “La mediación del lenguaje, que eclipsa al sujeto, hace que cuando el Sujeto se dirige a otro verdadero, nunca llega a él directamente. Ese Otro verdadero está situado, en efecto, del otro lado del muro del lenguaje (…). Está hecho tanto para fundarnos en el Otro como para impedir que lo comprendamos”[2].


Pero dejemos por un momento al lenguaje y volvamos a la cuestión de la mirada según Lacan, para quien ella es fundante de la subjetividad. El autor argumenta que la concepción psíquica del sujeto se conforma en los primeros años de vida. “El estadio del espejo constituye la fase inicial de la evolución psíquica en la que el niño se sustrae al registro atrapante de la relación dual con la madre. El esbozo de subjetividad que se produce a través de la conquista de la identidad originaria permite al niño iniciar su promoción subjetiva hacia el acceso a lo simbólico gracias a lo cual pondrá fin a la relación especular imaginaria con la madre. (…) La identificación del niño con su imagen en el espejo es posible en la medida en que se apoya en un cierto reconocimiento del Otro (la madre). (…) La mirada del otro le afirma que la imagen que percibe es realmente la suya. (…) El sujeto accede a su identidad a partir de la imagen del otro (…)”[3].


Luego de haber explicado cómo se adquiere la identidad en el estadio del espejo, ahora estamos en condiciones de retomar el tema del arte. Al respecto, Gregory Bateson sostiene que “no es que el arte sea la expresión de lo inconsciente, sino que se ocupa de la relación entre los niveles de los procesos mentales. (…) La habilidad artística es la combinación de muchos niveles de la mente (…) para formular un enunciado acerca de su combinación. No se trata de expresar un nivel único”[4]. ¿Y qué mejor ejemplo de la expresión de múltiples niveles en el campo del arte plástico que un cuadro de Maurits Cornelis Escher? En
Mano con esfera reflectante (1935), vemos una esfera que refleja todo a su alrededor, incluso al propio artista que la dibuja, ubicado él en lo que presumimos puede ser su estudio. Empero, hay un elemento inquietante que puede llegar a producirnos vértigo: la inclusión de la mano del artista. Veámoslo de la siguiente manera: si en vez de una esfera especular se tratase sencillamente de un espejo común y corriente, probablemente no habría nada de extraordinario. Incluso podríamos tomar el cuadro como un autorretrato más; no sería ni el primero ni el útlimo artista que se incluye en su propia obra (al respecto, es célebre el caso de Diego Velasquez en “Las Meninas”). Si se tratase de un espejo, Escher estaría plasmando el momento mismo de la realización de su cuadro, con él como protagonista dibujándose a sí mismo. Tal vez el hecho de que se pintase en espejo podría pasar a un segundo plano, puesto que como autorretrato no diferiría demasiado de otros retratos realizados sin mediación de una superficie reflejante. Pero la utilización del espejo esférico lo cambia todo. En primera instancia, hay que decir que si se tratase de un autorretrato, un espejo normal tranquilamente podría pasar desapercibido (ser “invisible”) para quien contempla la obra; sin embargo, en este caso en particular el espejo especial no puede hacerse más visible. Distorsiona todo cuanto en él genera una imagen. Y lo que es más: no sólo hace visible su existencia, sino que ésta deviene en algo casi palpable, ya que impone la necesidad de ser sostenida. Ahí es donde entra la mano en el grabado. Ella mantiene elevada del suelo la esfera, pero también es el punto de contacto entre el mundo especular y lo que pensamos es la realidad, porque después de todo, ¿es la mano realmente la realidad? La ilusión óptica se prolonga más allá del reflejo del artista, ya que su mano no reflejada, la verdadera, también ha terminado por formar parte de la obra. Podría parecernos que la mano es la nuestra, y si fuese así… entonces la imagen devuelta por el espejo también debería serlo.

Mano con esfera reflectante (M. C. Escher, 1935).


Acaso sin conocer la teoría del estadio del espejo, lo que Escher hace en esta obra es jugar con la construcción de la subjetividad, porque nos pone frente a un espejo que no nos devuelve nuestra imagen y, lo que es más, nos confiere otra identidad, una subjetividad que se entremezcla con la del artista. Como obra paradojal, diría Francisco Varela, “permanece incomprensible si no la examinamos saliendo de ambos planos mezclados en la estructura de la paradoja”[5]. Sería imposible analizar el grabado si nos perdiéramos en el reflejo de los espejos, sin distinguir que lo que Escher hace es crear tres planos: el del mundo reflejado (y desfigurado) dentro de la esfera, el mundo real exterior a ella (representado por la mano)… y el universo del espectador, quien contempla la escena desde una realidad totalmente ajena a las otras dos. Es así que para entender bien la obra debemos comprendernos a nosotros mismos como algo externo a ella; no obstante ello, tal vez la riqueza misma de ella se deba a que nos confunde y nos propone incluirnos, borrando nuestra propia subjetividad por medio del mecanismo del espejo y fundiéndonos con el objeto contemplado. Sobre esto, Humberto Maturana asevera que nos es imposible no incluirnos en la respuesta como observadores si queremos responder la pregunta por la cosa.


Como en una balsa arrastrada por la corriente, hablar del lenguaje nos ha llevado a preguntarnos por cómo conseguimos nuestra identidad, luego de lo cual nos condujo a la cuestión de la realidad; ambos conceptos, realidad y lenguaje, tienen una estrecha ligazón. Es precisamente Heinz von Foerster quien se pregunta acerca de la naturaleza de la realidad. Von Foerster arguye que el mundo es un reflejo del lenguaje, siendo aquél consecuencia de éste. Asimismo, el autor afirma que el lenguaje no es denotativo, sino más bien connotativo; esto se debe a que, al hablar se evoca en las personas los conceptos que ellas ya tienen, por lo que continuamente nos apoyamos en las nociones recíprocamente compartidas respecto de cada referente particular.


De lo anterior se desprende que debe haber un consenso acerca del mundo para que podamos comunicarnos, o a lo sumo para saber que hablamos de lo mismo. La realidad misma es una construcción de los sujetos, los cuales a su vez dependen de su conetxto histórico y de la influencia social. Así lo expresa Edgar Morin: “La sociedad es (…) el producto de interacciones entre individuos. Esas interacciones, a su vez, crean una organización que tiene cualidades propias, en particular el lenguaje y la cultura. Y esas mismas cualidades retroactúan sobre los individuos desde que nacen al mundo, dándoles lenguaje, cultura, etcétera”[6].


Regresemos al consenso. Hemos dicho que la realidad termina siendo, al fin de cuentas, una construcción de los sujetos y que al hablar, o sea, al hacer uso exterior del lenguaje, aludimos todo el tiempo a concepciones compartidas por otros sujetos (por lo menos en el caso de queramos hacernos entender). Pues bien, con este asunto de las representaciones comunes es que René Magritte juega en su célebre cuadro La traición de las imágenes (1928-1929). En él se ve una pipa perfectamente representada, debajo de la cual se lee la expresión en francés “esto no es una pipa”. Magritte sabía perfectamente la ilusión que provocaba, porque en tanto concepto compartido a través del consenso, todo el que observe el cuadro verá la pipa, pero ¿se puede fumar con ella? ¿Se la puede sacudir para sacarle las cenizas? Queda más que claro que no; Magritte quiere que perdamos la noción de representación, para luego devolvernos de una sacudida a la realidad de la contemplación artística a través de la frase debajo del objeto pintado. Gregory Bateson diría que lo que Magritte hace es tratar de que (no) confundamos el mapa con el territorio. Recordemos a Varela cuando dice que “las afirmaciones sobre algo no deben ser elemento constitutivo de ese algo”[7]. Magritte mismo dijo: "¿La famosa pipa? No se cansaron de hacerme reproches. Pero ¿puede usted llenarla? No, claro, se trata de una mera representación. Si hubiese puesto debajo de mi cuadro ‘Esto es una pipa’, habría dicho una mentira".

La traición de las imágenes (R. Magritte, 1928-1929).


Retornemos una vez más al tema del lenguaje. Sigmund Freud lo destaca como una creación de la masa. Ésta no es más que otra forma en la que el individuo constituye su subjetividad. Si bien existe una tensión entre la satisfacción individual y el reconocimiento social que se obtiene, no es menos cierto que en la cultura sea donde se formen los individuos; así como el sujeto desplaza su yo para dar lugar al del líder de aquélla, de la misma manera se enriquece en el intercambio con los pares, los otros yoes de la masa. Sucede que al vivir con otros nos sometemos a la ley; el creador del Psicoanálisis sostiene que para ello hay que intentar amar al otro como a uno mismo. Respecto de la masa, Freud también considera a la hipnosis y al enamoramiento como formaciones de masa. Su afirmación está basada en lo que hace al principal fenómeno de la psicología de masas, que consiste en la falta de libertad del individuo dentro de ellas.

Los Amantes (R. Magritte, 1928).


Quedémonos ahora con el enamoramiento como formación de masa. Freud dice que ésta se mantiene unida a través del poder del amor en sí, así como también por el amor del individuo para con los otros (aunque en el caso del enamoramiento suele haber un solo otro). Hay otra obra de Magritte que tal vez sea una buena representación si no de la masa, al menos del enamoramiento. La pintura en cuestión es Los Amantes. En ella vemos una pareja besándose apasionadamente. Nada habría de extraño en el cuadro, si no fuera porque las cabezas de los protagonistas están las dos envueltas en paños blancos. La metáfora acerca del amor queda más que clara. Ahora bien, desde una dimensión más psicológica, puede decirse que el ocultamiento de los rostros tal vez se deba a que ambos amantes han debido borrar (o ceder) inconscientemente parte de su subjetividad al entrar en esa formación de masa. Freud sostiene que “(…) el yo resigna cada vez más todo reclamo, se vuelve más modesto, a la par que el objeto se hace más grandioso y valioso: al final llega a poseer todo el amor de sí mismo del yo, y la consecuencia natural es el autosacrificio de éste. El objeto (…) ha devorado al yo”[8]. No queda del todo claro en la pintura quién de los amantes vendría a ocupar el rol de “líder” de la masa, así como tampoco es evidente quién de los dos ha resignado más de su yo; acaso ambas partes hayan cedido en igual proporción. Afirma Freud: “En la culminación máxima de una relación amorosa no subsiste interés alguno por el mundo exterior; ambos amantes se bastan a sí mismos y tampoco necesitan el hijo en común para ser felices”[9]. Resulta obvio que estos amantes (y por extensión todos ellos) se bastan el uno al otro; el velo que las figuras tienen sobre ellas es tanto consecuencia de la pérdida de su identidad individual como del ciego amor que las une. No necesitan ver nada más.


Para concluir, hemos de decir que el arte es una de las pocas disciplinas en las que los niveles del inconsciente, consciente y del exterior pueden entremezclarse de manera tan sorprendente y nunca dejar de ser por ello la construcción relativamente coherente que hacemos del mundo.


[1] Dor, Joel; Introducción a la lectura de Lacan, capítulo 18, página 135.

[2] Dor, Joel; Introducción a la lectura de Lacan, capítulo 18, página 143.

[3] Dor, Joel; Introducción a la lectura de Lacan, capítulo 18, páginas 140, 141 y 142.

[4] Bateson, Gregory y Bateson, M. Catherine; La estructura de la contextura (GB); página 5.

[5] Varela, Francisco; El círculo creativo, esbozo historiocultural de la reflexividad; 43.

[6] Morin, Edgar; La noción del sujeto, página 58.

[7] Varela, Francisco; El círculo creativo, esbozo historiocultural de la reflexividad; página 42.

[8] Freud, Sigmund; Psicología de masas y análisis del yo, capítulos 5, 6, 7 y 8, página 107.

[9] Freud, Sigmund; El malestar en la cultura, página 3045.

viernes, 1 de agosto de 2008

D. B. de viaje; G. M. usurpa el control

Mientras el caracolezco andar de la democracia total en Cuadros de una Exposición ("más democracia, menos calorías" es el slogan) decide si habré de volver (o no) a este sucucho cibernético-cultural sin baño, aprovecho que Demetrio está de viaje (vaya uno a saber, descansando de qué) para tomar control. Sin hacer uso de métodos demagógicos, espero que mi tosca escritura pueda seducir al enorme intelecto de todas y cada una de las bellas, inteligentes y sensibles personas quienes, en un gesto de enorme grandeza pero sobre todo de humildad (la célebre humildad de los grandes), se toman la impagable molestia de pasear por acá, saludar y preguntar si hace falta lavar los platos.

G. M.

Pensamientos profundos

Si "lo último que se pierde es la resignación", entonces lo primero que se pierde es la vergüenza.

D. B.